“Socio-ecosistemas altoandinos: el distrito San Juan de Licupís en la cabecera de la Cuenca Chancay – Lambayeque”

                                                  Por: Mervin Becerra, Martín Leyva y Rossi Taboada

Reflexionar sobre las cabeceras de cuenca nos permite contemplarla como un sistema complejo, como un socio-ecosistema. La importancia de estas zonas, además de residir en el aprovisionamiento de agua y cuán clave resulta para el desarrollo de las sociedades humanas, también pasa por la necesidad de un manejo de carácter integral y adaptativo. Lejos de hallarse aislado, interactúa con su entorno ecológico, económico y social, por ello el manejo de socio-ecosistemas implica la conjunción de los sistemas ecológicos y los sistemas sociales, aun cuando los límites de ambos no se hallen concordes (Mass y Cotler, 2007).

Las zonas altoandinas suelen ser escenario de cabeceras de cuencas. Estas zonas, por lo general, están caracterizadas por albergar una población dedicada a la agricultura y ganadería, con sistemas autogestionados de agua tanto para uso doméstico como para el riego, un número muy reducido de servicios públicos y privados y con una fuerte migración hacia el valle, avizorado como fuente segura de trabajo y progreso.

Desde lo alto, puede resultar sencillo comprender cuán importantes son para nuestro funcionamiento como sistema. Una vista privilegiada no es el único argumento, pero suele despertar el ímpetu de observar en conjunto lo que desde abajo suele desagregarse para enmarcar su análisis.      

En esta oportunidad, tres tesistas del Proyecto PEER “Strengthening resilience in andean riverbasin headwaters facing Global change”, Mervin Becerra, Walter Martín Leyva y Rossi Taboada, realizaron un trabajo de campo en el distrito San Juan de Licupís, en la cabecera de la cuenca Chancay-Lambayeque.  

Para llegar al distrito, los medios de transporte disponibles son dos pequeñas van y un camión que realizan la ruta dos veces por semana, en un recorrido de ida y retorno el mismo día. Así, tomando la ruta desde la ciudad de Chiclayo hacia Chota, por una carretera pavimentada hasta el Kilómetro 100 que continúa en trocha, cuya construcción fue impulsada por el Comité Pro-Carretera, que hoy es la Asociación San Juan de Licupís, el equipo se estableció en uno de los caseríos más cercanos a la Laguna La Montaña, el caserío La Popa.      

Inaugurado como distrito en el año 1987, San Juan de Licupís es uno de los diecinueve distritos de la provincia de Chota, que a su vez es parte de la región Cajamarca, y limita con los distritos Miracosta -del que hace no más de veintiocho años fue parte- Querocoto, Llama y Chongoyape.  

A pesar de poseer una geografía montañosa, con mucha pendiente, y un clima frío, con cuerpos nubosos que envuelven el distrito entero al punto de no observar nada más a 10 metros enfrente, la agricultura y la ganadería, como en muchas zonas altoandinas, caracteriza también este lugar. Entre los principales cultivos, predominantemente de secano, se hallan la papa -muy comercializada hacia Chongoyape y Chiclayo- olluco, oca, haba, arveja, trigo, maíz, cebada y, en algunos lugares, quinua. Por otro lado, la actividad ganadera es mayoritariamente vacuna, del tipo criollo, alimentado con pastos naturales en los potreros y, en algunos casos, en los terrenos comunales ubicados en las alturas, cerca de la Laguna La Montaña.  

A cinco horas de Chongoyape, perteneciente a la región Lambayeque, la dinámica entre ambos distritos es de esperarse. Por ser el destino migratorio de muchos chotanos, la movilidad entre estos antecede por mucho a la construcción de la carretera; Chongoyape, así como Moshoqueque en Chiclayo, es el principal mercado hacia el que destinan su producción local y es también donde se abastecen de productos de primera necesidad.    

Siguiendo con esta dinámica, los servicios de registro civil y de gestión municipal se hallan en Chiclayo. La directiva municipal tiene sede allí a causa del mayor acceso vial a Cajamarca, lo cual no implica que el distrito permanezca acéfalo, ya que existen organizaciones locales encargadas del manejo de sus recursos naturales, como la Comunidad Campesina y su directiva, la Ronda Campesina, delegados municipales y las organizaciones de usuarios de agua. 

La reactivación de estas organizaciones, sobre todo de la ronda campesina, estuvo influenciada por el abigeato que algunos años atrás aquejó a la comunidad. El robo del ganado vacuno en las tierras comunales tornó en una seria preocupación, “casi cuatro cabezas diarias” eran robadas a los comuneros que en su mayoría pertenecen al caserío de San Antonio, donde se halla la ronda más activa dentro del distrito.       

Por otro lado, la gestión del agua tanto doméstica como de riego está a cargo de organizaciones locales y en algunos casos por los grupos de familias cuando se trata de caseríos pequeños.  A pesar de ser una zona con cultivos de secano en su mayoría, el riego cobra mayor importancia en el periodo de verano, de mayo a noviembre, donde las lluvias cesan y el agua es insuficiente para todos los regantes, situación que se ve empeorada por el mal estado del canal.     

Es al hablar de estos periodos cuando la importancia de las fuentes de agua, en este caso las lagunas, aparece en el discurso y da paso al argumento de su protección. La defensa de las mismas, en el caso de este distrito, no pasa por un conflicto minero como suele suceder en la región Cajamarca, sino por la propiedad de las fuentes de agua y el conflicto que sostuvieron con Miracosta por las lagunas que hoy comparten y que solo pudieron superar con el diálogo constante.   

Como población y como sistema autogestionado de recursos naturales, San Juan de Licupís enfrenta varios retos, entre ellos la incertidumbre sobre sus campañas agrícolas por el bajo rendimiento que vienen observando en sus tierras, el mal estado de la infraestructura hidráulica y la falta de acceso a créditos.  

“Supongamos, queremos hacer una chacra de papas; pero si no tienes yunta, si no tienes con qué comprar la semilla, ¿cómo quieres hacer ese trabajo? Si llueve, tienes campaña; si no, te quedas sin nada. [...] Antes, de seis latas de trigo coseché ciento sesenta; esa fue la primera y última vez. Ahora, solo cosecho treinta. Será la sequedad, no sé, ya no quiere producir. Por las lluvias, ¿Qué será? Este tiempo es para ponerse botas altas; pero mire, solo hay vientos.” Relata el Sr. Galeano sobre la extrema variabilidad climática que hoy observan y la incertidumbre ante la disminución del rendimiento de la tierra.  

A esta situación se suma, recientemente, cierta confusión ante la formalización de derechos de agua promovida por la Autoridad Nacional del Agua (ANA):

“¿Cómo quieren que tecnifiquemos si no hay créditos?”, “¿Cómo vamos a empadronarnos y pagar si ni siquiera tenemos canales revestidos? Si eso lo hemos hecho nosotros. Si nunca han estado aquí.”  

Estas son algunas de las interrogantes de muchos campesinos de San Juan de Licupís, y como este en muchos otros distritos altoandinos. La percepción de una repentina presencia del Estado a través del ANA ha desatado diversas posiciones, ya que el interés en la formalización por un lado ha generado esperanza en mejoras y por otro una irrupción que ha desconocido formas de organización que han sido funcionales por muchos años y a las que ahora se les resta reconocimiento.  

Como en este lugar, los distritos altoandinos presentan una serie de retos al ser el eslabón de sistemas complejos a los que se vira muy de vez en cuando. Una visión integral que pase de observar los sistemas por partes a contemplarlos en su conjunto, y que tenga en cuenta los diversos forzadores que los van transformando, permitirá a los campos académicos y políticos la toma de decisiones y gestión orientada a la sostenibilidad y con mayor equidad.  

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Referencias:      

Maass, J.M. y H. Cotler. 2007. Protocolo para el manejo de ecosistemas en cuencas hidrográficas. En: Cotler, H. (ed.). El manejo integral de cuencas en México: estudios y reflexiones para orientar la política ambiental. Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales, Instituto Nacional de Ecología, México, D.F. México. Pp. 41-58

 

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