Sistemas autogestionados de agua: el caso de la Comunidad Campesina Segunda y Cajas en la sierra de Piura

Los sistemas autogestionados se definen como aquellos que portan autonomía para el manejo de sus recursos y en el cual sus miembros participan de las decisiones, donde la gestión es llevada a cabo por los mismos beneficiarios organizados.   

Estos sistemas se hallan a lo largo del Perú, sobre todo en zonas rurales, por lo que fue más que necesario el reconocimiento estatal de este tipo de organizaciones. Inicialmente, la Ley General de Aguas reconoció en estos sistemas a las organizaciones menores; pero que en el contexto de la Reforma Agraria tuvieron una notoria inclinación al sistema productivo agrícola. Posteriormente, con la Ley de Recursos Hídricos, se reconocen también las de gestión comunitaria de servicios y saneamiento y los comités de riego, organizaciones aún menores en el sistema de gestión del agua, pero que son las que cobran mayor representatividad en los múltiples usuarios y en menor escala.    

   

En diciembre del 2014 realicé un trabajo de campo en la Comunidad Campesina Segunda y Cajas, ubicada en la provincia de Huancabamba, a su vez parte de la sierra de la región Piura. Era la misma comunidad que habíamos visitado como delegación acompañados por el Instituto de Montaña en el mes de agosto, pero esta vez llegaba para quedarme por mucho más tiempo y abordar un tema que va configurándose como más sensible: el agua. Uno de mis objetivos fue identificar las formas y condiciones de acceso al agua para los diversos usos en la comunidad, que en líneas generales se resumen al doméstico, agrario y pecuario; ello tomando en cuenta las dos zonas que en la cotidianidad se conocen como montaña y sierra, y lo difícil que sería abarcarlas.   

Aunque mi estadía en la zona de montaña fue bastante corta en comparación a la sierra, fue suficiente para dar cuenta inicial de las marcadas diferencias en el acceso y las formas de organización que requiere el manejo del agua, de aquí que, como afirma Rutgerd Boelens (2006), hay tantas formas de regular el agua como hay “sistemas” y niveles de organización. Mientras la zona sierra, además de contar con comités de riego en cada sector a lo largo de uno de los canales principales, el Nancho, también cuenta con comités de agua doméstica desde hace 10 años, encargados del manejo y el cuidado de la infraestructura (tuberías y tanques) en conjunto con todos los usuarios. A diferencia, las organizaciones de agua para uso doméstico de la zona de montaña están conformadas por un conjunto mucho menor de familias, quienes manejan el sistema de abastecimiento que consta de mangueras que parten de un tanque plástico de menor capacidad. Esta zona, caracterizada por constantes lluvias, no presenta organizaciones de riego: “la voluntad de Dios” les proveería de agua para sus cultivos de café, plátano y yuca, además de otros frutales, la misma que cada vez es menos predecible en la zona sierra para el maíz, el trigo y las arvejas.  

De esta manera, los sistemas de autogestión presentan particularidades dentro de ámbitos que puedan presentarse como similares. Y como todos, presenta falencias; pero existe un aspecto en común de gran importancia para su mantenimiento y legitimidad: el diálogo, algo que aparece aquí como cotidiano pero que es considerado en otros ámbitos como una sugerencia que descansa en normativas escritas pero no practicadas.

Si bien es cierto, esta comunidad no presenta un estrés hídrico como el de otros casos; pero al tratarse de un recurso fundamental para las formas de vida en ella y las prácticas que sustentan su economía, su carácter generador de diferencias y conflictos no obedece únicamente al número de actores ni a la extensión territorial; por ello, los procesos de diálogo con todas las partes interesadas e involucradas son importantes para el mantenimiento del sistema, sobre todo si se trata del manejo de recursos comunes.  

 

 

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