“La Jalca de Cajamarca y la Laguna de La Montaña a más de 3500 m.s.n.m.”

                                                  Por: Mervin Becerra, Martín Leyva y Rossi Taboada

El camino se abría por tramos con el vaivén de las nubes. Con la mañana clara y el cielo despejado, el trayecto continuó desde el caserío La Popa con dirección a la Laguna de la Montaña. Acompañando a la delegación del Proyecto PEER, Don Tomás y el pequeño José guiaron el camino, cuyo escenario iba cambiando a medida que ascendíamos hacia la jalca cajamarquina, azotados por los fuertes vientos y la garúa intermitente.      

Según Sánchez-Vega y Dillon (2006), las jalcas son una región biogeográfica intermedia entre el páramo de los Andes del Norte y a una de los Andes del Centro y Sur. Ocupan territorios altoandinos superiores a los 3200 metros, hacia la cima andina, que difícilmente sobrepasa los 4200 metros; por ello, las jalcas son de menor altitud que el páramo y la puna. Su topografía está conformada por extensas planicies, colinas y cerros de moderada pendiente, afloramientos rocosos y lagunas y humedales de extensión variable, además de ser frecuentemente el área donde nacen las cuencas de muchos ríos del Pacífico y del Marañón. A pesar de su fragilidad, presenta características que temporalmente las hacen hostiles, como la intensidad de vientos y lluvias, que erosionan el suelo y exponen las rocas, pero también se hallan expuestas a la acción antropogénica que afecta la estructura de su vegetación, disminuye la diversidad vegetal, acelera la erosión y, de esta manera, transforma el paisaje natural.          

A lo largo del recorrido desde La Popa, los cuadros intercalaban entre abundantes arbustos y áreas con rasgos de haber sido rozados para aprovechar los suelos agrícolas. No se observaban andenes, como sí en Huancavelica; pero hacia lo alto podían diferenciarse en las pendientes los cultivos de maíz, papa y olluco, los cuales se habían adaptado mejor al clima de la zona y cuya distribución por parcelas estaba cercada a causa de la fauna que rodea la altura y a su vez dar a conocer los linderos de propiedad.      

Conforme avanzábamos, la vegetación tornaba de cultivos a una flora espesa y luego a planicies salpicadas de marillo y verde. En el lapso de casi hora y media de caminata habíamos pasado de los bosques de quiñahuiro a estar rodeados de pampas de ichu; a media más, los riachuelos y colchones de musgo nos indicaron que estábamos cerca de la Laguna de la Montaña.  

Aun en temporada de lluvias, pudimos atravesar el dique y seguir por el empedrado en el que hace más de tres años pudo observarse discurriendo de agua; y es que las lluvias se han ausentado y los vientos permanecen. Pero esto, de momento, no es un asunto apremiante para la población cuenca abajo hasta que llega el periodo de seca, donde el agua merma y un gran número de campesinos, que en su mayoría cultivan papa, necesitan regar. Tampoco lo es en este periodo a causa del deterioro de las compuertas, que finalmente libera el agua y satisface las pocas demandas de los pobladores en materia de aprovisionamiento de agua considerando este periodo de cultivos de secano.

Ya de regreso y con la satisfacción de contemplar, cuando las nubes no irrumpían, un escenario muy peculiar que entre las montañas descubría la ciudad de Chongoyape, el trayecto se hizo más corto al ir bajando la pendiente y cruzar los potreros cerco tras cerco. Camino abajo fue más clara la distribución espacial de las actividades, a mayor altura y con relativamente mayores áreas de pasto se hallaba el ganado, al que diariamente, en su mayor parte mujeres, debían visitar para buscar pequeñas fuentes de agua de donde beber, además de complementar su dieta con preparados de sal con agua y otras fórmulas nutricionales que adquirían en Lambayeque.          

Descendiendo, las áreas de cultivo se mantenían en las pendientes y considerablemente lejos del camino. Los animales de carga, único medio de transporte en la accidentada ruta, eran un bien preciado en campaña de cosecha, no había otra opción para llevar los quintales hasta el punto que conecta la trocha hacia Chiclayo.      

Aunque no se observe el uso de terrazas como máximo aprovechamiento de la tierra, la adaptación del trabajo en estos terrenos ha ido superando las adversidades que los campesinos suelen atravesar. Una especie vegetativa invasora crecía rápido en los terrenos; pero nada que pueda ser superado con trabajo constante, como el que vienen haciendo, para cuidar su fuente de sustento; pero la rancha, decían, venía cada vez con mayor fuerza, y las mochilas que compraron entre grupos ya están muy deterioradas como para fumigar con mayor frecuencia.        

Como estos, existen serios retos y a diversas escalas para el manejo sustentable de ecosistemas altoandinos frágiles. El valor de las cabeceras de cuenca va tomando mayor énfasis en los discursos académicos y políticos; sin embargo, los esfuerzos por reforzar y/o implementar prácticas sostenibles se ven contrariados, por mucho, por decisiones que priorizan el crecimiento económico del país y con una flexibilidad parcializada.         

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Referencia: 

Sánchez-Vega, I., & Dillon, M. (2006). Jalcas. Rev. Botánica Económica de los Andes, 77-90.

 

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